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El idioma universal de Harley®

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Django, editor del Belgian Metropole Chapter (BMC), nos cuenta las incidencias de un viaje de ida y vuelta de Bélgica a Polonia

Bruselas, primera hora de la mañana. Cinco amigos socios del Belgian Metropole Chapter – Hans, Jef, Jan, Patrick y yo – ponemos en marcha nuestras Harleys®. Destino: ¡Polonia! Unos cuantos minutos antes nos habíamos deshecho de nuestros móviles. Al menos, eso es lo que le habíamos dicho a nuestras mujeres… 

¿Son los moteros los “nuevos nómadas en busca de un chute de adrenalina”, tal y como leí en cierta ocasión en algún sitio? ¿Y qué es lo que hace que los viajes en moto en grupo resulten tan atractivos, casi una adicción? Al fin y al cabo, una vez que bajamos el visor del casco, la forma en que vivimos los estímulos sensoriales que nos rodean constituye, en su mayor parte, una experiencia personal. Quizás la atracción sea practicar una especie de ‘freewheeling’ mental mientras se conduce, pero sabiendo que se dispone de buena compañía durante las paradas del viaje.

Día 1 (10 de agosto) 

Después de una larga primera etapa, paramos a hacer noche en Mansfeld (Alemania) a unos 650 km de Bruselas. Tras de una buena ducha, salimos a cenar schnitzel (¡por supuesto!) y cerveza, y a reírnos un rato con chistes de alemanes. 

Día 2 (11 de agosto)  

Ese día íbamos a reunirnos con nuestro amigo y socio polaco del Belgian Metropole Chapter, Krzysztof Stepien, en Wroclaw, a unos 500 km de Mansfeld. Ninguno de nosotros había estado en Polonia antes y nos dejó un poco sorprendidos el excelente estado de las carreteras y el hecho de que había casas y coches bonitos. A mí siempre me gusta charlar con la gente cuando voy al extranjero, y me dejo llevar por la curiosidad. Es como si quisiera enamorarme del país que visito, y no tardé en darme cuenta de que no me iba a resultar difícil conseguirlo en Polonia.  

Llegamos a nuestro hotel en Wroclaw sobre las 4 de la tarde y ni siquiera habíamos tenido tiempo de apagar los motores, cuando vimos tres caras sonrientes caminando hacia nosotros: Krzysztof, Tomek y su hijo adolescente, Igor, que habían ido a recibirnos. Nos dirigimos al jardín del hotel a beber un par de cervezas aprovechando el buen tiempo. Nos enteramos de que Tomek es socio del Lublin Harley-Davidson® Club y de que había ayudado a organizar este viaje. Tomek iba a viajar con nosotros la mayor parte de la semana siguiente. El idioma no parecía ser un problema. Nos comunicamos en una mezcla de holandés, francés, inglés, polaco y el idioma más universal que existe: la risa. Y cuanta más cerveza bebíamos, mejor hablábamos polaco. 

¡Hora de cenar! Dejamos la decisión en manos de nuestros amigos polacos que se decantaron por la cocina tradicional. Me gustó especialmente una sopa deliciosa llamada ‘zurek’. Otro detalle que me gustó es que se sirve vodka con la comida en lugar de vino. ¡Al final de la velada mi dominio del polaco era excelente! Había llegado la hora de irse a dormir, al día siguiente nos esperaban otros 350 km hasta Zakopane.

Día 3 (12 de agosto) 

Este es, sin duda, uno de los viajes más bonitos que he hecho últimamente, por carreteras en perfecto estado que discurren por paisajes ondulantes de gran belleza. El sol, un viento fresco y el agradable retumbar de nuestras Harleys® nos hacen compañía. Estoy seguro de que cualquier motero reconocerá la sensación de libertad y la emoción de la carretera que se sienten cuando se viven nuevas aventuras en lugares desconocidos. 

A primera hora de la tarde llegamos a un pequeño pueblo cerca de Zakopane llamado Bialka Tatrzanska. Allí nos esperaba Robert Wójcik, director del Lublin Harley-Davidson Club, junto con su mujer, Marzena, y su hijo de dos años, Mateusz. Se habían encargado de conseguirnos un bonito apartamento para los próximos tres días. Intercambiamos bordados, camisetas e información sobre nuestros clubes. 

Como habían pasado las vacaciones de invierno varias veces allí, Robert y Marzena conocían bien la zona (que es la mejor estación de esquí de Polonia). La primera noche nos llevaron a cenar a un restaurante muy agradable, donde probamos cocina tradicional y charlamos sobre Bélgica y Polonia así como, por supuesto, de nuestras motos y nuestros clubes. Nos quedamos encantados con la amabilidad de los polacos. Una pareja joven nos invitó a una ronda de vodka simplemente porque sonreímos y saludamos a su hijo pequeño. ¡Si invitas a una copa gratis a un belga, haces un amigo de por vida! 

Día 4 (13 de agosto) 

Pronóstico meteorológico: chubascos fuertes, cielos cubiertos y tormentas. Sin decírnoslo, nuestros amigos polacos habían alquilado un minibús para ir hasta las minas de sal de Wieliczka, una visita que no se aconseja hacer en moto. A pesar de que estamos acostumbrados a conducir con lluvia, nos pareció bien que hubiesen alquilado el minibús, como también nos gustó el fantástico desayuno que nos sirvieron. 

Las espectaculares minas de Wieliczka producen sal de mesa desde hace más de 700 años. La visita a las minas discurre a una profundidad de 140 metros y tiene una duración de tres horas, durante las cuales se cubre un recorrido de 2,5 km a través de cavernas con impresionantes esculturas y estatuas, así como una enorme colección de equipo de minería. Y todo está hecho en… ¡seguro que lo adivináis!... pues sí: ¡sal! 

Por la tarde, calados hasta los huesos porque nos sorprendió un chaparrón enorme, visitamos el centro de Cracovia, que es una ciudad muy limpia, bonita y romántica. Paramos a visitar el concesionario Harley® local para comprar unas camisetas, y nuestra presencia quedó inmortalizada en unas fotos que nos hicimos con todo el personal. 

Unas cuantas horas más tarde, ya bien entrada la noche, cinco belgas y un polaco (Krzysztof es, en realidad, medio belga) nos encontramos intentando abrir la puerta de nuestro apartamento entre risas y bromas. 

Día 5 (14 de agosto)  

Hoy vamos a ir al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. ¿Qué puedo decir de esta visita? Que nos dejó sobrecogidos y que los moteros son gente dura pero con corazones sensibles. Esa noche nos acercamos hasta Zakopane, donde todos los años se celebra una fiesta. La hora que nos llevó llegar hasta allí la pasamos escuchando a Djem, una banda polaca de blues-rock. Eso nos permitió, en cierta medida, superar las impresiones que nos había causado la primera mitad del día. El encanto y ambiente que se vivía en las animadas calles, llenas de acogedoras cafeterías, bares, restaurantes, puestos de comida y clubes, nos ayudó a deshacer el nudo que se nos había formado en la garganta, y acabamos disfrutando de una velada magnífica. 

Día 6 (15 de agosto)  

Nos despedimos de Tomek y su hijo, que tenían que regresar a Lublin. El hijo de Tomek, que me recuerda al mío, estaba muy orgulloso de que le hubiese dejado llevar mi cazadora durante la visita a las minas de sal a comienzos de semana, algo que Tomek me agradeció con su estilo característico. Tiene un hijo maravilloso. Espero que las cosas le vayan bien – Igor, si estás leyendo esto, te mando un saludo. 

La distancia a Poznan es de unos 500 km. En un momento dado, como a mitad de camino, nos salimos sin darnos cuenta de la ruta planeada. Fue toda una experiencia: baches, grietas, agujeros… ¡todo lo imaginable! 

Aparcamos las motos en el garaje del hotel y nos acercamos en taxi hasta el recinto del Malta Rally de Poznan, donde se celebra el rally del H.O.G.® polaco. No es el evento más grande en el que he estado, pero sí uno de los de más carácter y mejor ambiente. El lugar estaba lleno de polacos, rusos, alemanes y belgas, así como de música, cerveza y el aroma de los jamones que se asaban en los hornos. ¿En qué otro lugar se podría cenar durante un rally con la música de un cuarteto de cuerda como acompañamiento de fondo? 

Poznan era nuestro último destino en Polonia y decidimos dejarnos llevar por el ambiente de fiesta sin inhibiciones. Lamentablemente, no voy a dedicar demasiado tiempo a describir esta parte del viaje y me limitaré a decir que “lo que pasa en Polonia, se queda en Polonia”.

Día 7 (16 de agosto) 

Nada más terminar el desayuno, el rugido de nuestras máquinas se dejó oír delante del hotel. Después de hacer un pequeño recorrido turístico, regresamos al recinto del rally para recoger nuestras camisetas del Malta Rally y dedicar un rato a conocer mejor a la directiva del Warsaw Chapter y, en concreto, a su director, Dariusz Kramek, que nos recibió con gran cordialidad, gracias a que nuestros amigos de Lublin nos lo habían presentado el día anterior. Nos sacamos unas cuantas fotos e incluso recibimos un bonito regalo para nuestro chapter, que ahora ocupa un lugar especial en el local de nuestro club. ¡Gracias Dariusz! 

Dedicamos la soleada tarde a recorrer Poznan, que es una de las ciudades más antiguas del país. Nos cruzamos con unos alemanes que habíamos conocido en la fiesta del día anterior, pero decidimos que era mejor no preguntarles cómo habían acabado la noche. 

A la caída de la tarde regresamos al rally, adonde habían llegado unos 10 socios del club de Lublin. Mientras charlábamos con ellos vimos a un animado Tomek, que se había desplazado desde Lublin hasta allí para volver a vernos. ¡Menudo tipo! 

Al final de la velada nos despedimos de todo el mundo y expresamos nuestro enorme agradecimiento a Robert y su familia por su hospitalidad, y a Tomek y Krzysztof por haber organizado nuestro viaje de una manera auténticamente excepcional. 

Día 8 (17 de agosto)

Carretera, carretera, carretera… ¡un día fantástico! Patrick había reservado habitaciones en un agradable hostal en la localidad alemana de Bad Salzuflen, que resultó ser un balneario. Sus huéspedes, de avanzada edad pero no por ello menos elocuentes, nos preguntaron si podíamos hacer menos ruido: “¡Lo siento, pero estas máquinas son Harleys!” 

Día 9 (18 de agosto)

Lluvia, lluvia y más lluvia… ¡un día horrible! Después de un viaje de 3.500 km, estoy contento de estar de vuelta en casa con mi mujer, mi hijo y nuestras mascotas. Es asombroso ver cómo, gracias a una moto, la gente consigue conectar con facilidad. Un club Harley-Davidson de Lublin nos ha ofrecido, a un grupo de completos desconocidos, una semana extraordinaria, y todo porque compartimos una misma pasión. Este espíritu excepcional es lo que hace de las Harley-Davidson® las mejores motos del mundo.

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